En recuerdo de Montserrat y Hernán

Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté, los Tibónidas os echamos de menos como traductores, como amigos. A continuación, un texto de María Teresa Gallego aparecido en El País este 15 de abril.

Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí (izquierda), con algunos Tibónidas a los pies de la estatua de Yehuda ibn Tibón, en una visita a Granada en 2009.

Si hubiera que resumir  a Montserrat Gurguí en una sola palabra,  esa  palabra sería: valiente.
Valiente ante las dificultades de la obra de los escritores a los que traducía; valiente ante las irregularidades de algunas editoriales  con las que tuvo que toparse en el ejercicio de su profesión; valiente ante toda injusticia; valiente ante el dolor de la pérdida –hace tan poco tiempo– de las otras dos manos que, junto con las suyas, teclearon  durante los últimos quince años las traducciones de ambos: las  manos de Hernán Sabaté; valiente ante  la vida; valiente ante la enfermedad; valiente ante la muerte. Tan frágil, tan menuda, tan delgada, y tan valiente. Tan luchadora. Tan luchadora en primera persona del plural: por ella y por todos, por sus colegas y amigos y compañeros traductores, por nuestra asociación gremial, por nuestro oficio, que tan profundamente amaba, que tan brillantemente ejercía, que tan ardientemente defendía, al que tan absolutamente se entregaba. Murió lamentándose de que dejaba trabajo pendiente, de que no iba a poder ya traducir esos libros que tanto deseaba traducir.
Traductora literaria desde el año 1986, traductora en equipo, en pareja, con Hernán Sabaté desde 1996, Monserrat Gurguí puso voz castellana, sola o con Hernán, a alrededor de 120 libros y, entre otros muchos escritores, a Somerset Maughan, Nadine Gordimer y John Connolly. Bregaron los dos con la ingente empresa de traducir bastantes de las obras publicadas en España de James Ellroy, la llevaron a cabo excelentemente y por la traducción de una de ellas, Sangre vagabunda, obtuvieron en 2011 el VI premio de traducción Esther Benítez, que Montserrat Gurguí recogió el 22 de noviembre del pasado año, ya enferma, en nombre de ambos. Hernán había muerto esa misma mañana.
Pero Monserrat Gurguí, Montse, no sólo traducía con entusiasmo. Era también una viajera entusiasta. Y una fotógrafa entusiasta (están en la red sus álbumes de fotos de cielos, de nubes, de amaneceres, vayan a verlas, por favor, todo su amor por la vida está en esas fotos). Y una meteoróloga entusiasta y algo más que aficionada que deleitó durante años a sus amigos y compañeros con sus personales partes meteorológicos. Vivía con entusiasmo, trabajaba con entusiasmo, luchaba con entusiasmo. Prematuramente, tan prematuramente, la ha vencido la muerte. Pero ella no se rindió. Montse no se rendía nunca. Y por mucho que le doliera seguir traduciendo sin Hernán, desde luego, quería seguir traduciendo por los dos, por sí y en memoria del compañero perdido. Pero ni eso le ha sido dado.
Y sus colegas y amigos, y los escritores a los que traducía, y los lectores hemos perdido tanto…
Busquemos  su nombre, busquemos sus dos nombres, el de ella y el de Hernán, en las librerías, en la portadilla de los libros, sepamos qué les debemos mientras leemos las páginas de esos libros, no olvidemos el nombre de Montserrat Gurguí, ni el de Hernán Sabaté. Juntos. Y pensemos, desafiantes, al leerlos,: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Y dónde tu aguijón?»
 
María Teresa Gallego Urrutia
Traductora literaria
En nombre de la asociación ACE Traductores

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