Traducir (con el corazón) para romper fronteras

Hubert Haddad y Laure Leroy

El autor parisino Hubert Haddad y su editora Laure Leroy, directora de Zulma, llegaron a Granada el día 24, junto con las primeras nieves, para contagiarnos su relación apasionada con la literatura. Fue una visita breve, pero muy intensa, en la cual pudieron tener su primera impresión de la histórica ciudad, cuyo pasado de convivencia étnica y cultural refleja los propios orígenes árabes y judíos del comprometido escritor. Al día siguiente, al mediodía, se sentaron con la traductora y el editor de Haddad en España, Purificación Meseguer y David Villanueva, para conversar al hilo de las preguntas de María Teresa Gallego Urrutia, presidente de ACE Traductores, que había acudido a Granada desde Madrid para la ocasión. Un público de cerca de 80 personas abarrotaron el aula 15 del Palacio de las Columnas de la Facultad de Traducción e Interpretación.

María Teresa Gallego y David Villanueva frente al nutrido público

Inició la mesa redonda María Teresa Gallego, que presentó a los ponentes exponiendo la importancia del editor como vínculo entre traductor y escritor, si bien estos últimos son los verdaderos protagonistas en la obra literaria. David Villanueva coincidió a la hora de destacar la importancia de la traducción en el trabajo editorial. Afirmó que todo lo que sabe lo ha aprendido gracias a la literatura, y en muchos casos a través de las traducciones. Sin ellas, no habría accedido a esta fuente de conocimiento, y por ello la traducción es un acto de revelación, y al mismo tiempo de creación, de interpretación personal de una obra. En efecto, el reto de traducir no se resuelve mediante una fórmula matemática. Siendo tan importante el vínculo entre autor y traductor, el director de la Editorial Demipage procura encargar a un mismo traductor toda la obra de un escritor para que el resultado se deba a un mismo tándem creativo. También señaló que la traducción es la que permite a la obra traspasar fronteras y dar miles de viajes. Villanueva no duda en embarcarse en cualquiera de estos viajes, diciendo: «Al leer el trabajo de un traductor, me dejaré llevar por su forma de escribir, por su forma de entender al autor».

El escritor y Purificación Meseguer

Hubert Haddad intervino a continuación para decir que lo más difícil del proceso de traducir es «transmitir las sensaciones que la obra genera en el propio traductor. El traductor no se apropia de la obra original ni la mejora, sino que crea su propia obra de arte». Por ello, «se le puede considerar también un escritor, que trabaja con lo sutil para ir más allá de la fuente». Gran conocedor de las letras, Haddad es consciente de que la traducción no es ajena a las corrientes de cada época. Con el tiempo, explica, la forma de traducir evoluciona, para que el público se reconozca en cada una de las traducciones de una obra.

La traductora Purificación Meseguer confesó que «el escritor puede resultar algo ajeno e inaccesible, pero al mismo tiempo el traductor desarrolla cierto grado de intimidad con él al diseccionar su obra». Villanueva, que ha ejercido en diversas ocasiones la labor de traductor, llevó más allá estas palabras, diciendo que el traductor crea una burbuja para él y su autor, y, refugiado en ella, pone en marcha su labor de interpretación de la obra.

¿Es imprescindible que el traductor entre en contacto para ejercer su trabajo, o es libre para tomar sus propias decisiones? Villanueva no lo duda: «El traductor debe jugársela, tomar decisiones arriesgadas, pero siempre siguiendo un criterio documentado y trabajado, un nivel de comprensión grande de la obra». María Teresa Gallego, traductora por su parte de grandes clásicos de la literatura francesa, recordó que no siempre es necesario o incluso posible entrar en contacto con el autor, a veces por la sencIlla razón de que llevan siglos enterrados.

Haddad, Meseguer, Villanueva y Gallego

Seguidamente, Haddad nos demostró su exquisita sensibilidad describiendo cómo espera que el traductor trate su obra. «No hay que traducir a trozos, capítulo por capítulo», afirmó, «sino tratar la obra en su totalidad viva, orgánica, impulsiva.» Para ello, «el traductor debe tener una implicación visceral, emocional y afectiva con el autor. Se puede haber traducido muy bien una novela desde el punto de vista técnico sin haber transmitido la emoción, la pasión, sin haber creado la magia que pedía la obra». Así pues, lo que hace el traductor ideal es «asimilar una obra apasionadamente para restituirla en otra lengua, en otro lugar, a otra forma de pensar». Así lo resumió Villanueva: «El traductor se deja seducir por la obra con sus matices, y al fin y al cabo interpretarla a su manera. Con todos los ingredientes a su disposición, puede dejarse llevar y volar».

A la pregunta de cómo puede abrirse camino profesionalmente un traductor, Meseguer contestó sin dudarlo que es esencial asociarse para entrar en contacto con el mundo laboral; de lo contrario, el traductor se encuentra perdido y solo. Villanueva matizó: «Para el traductor, su labor debe ser ante todo una pasión, un juego, pero no necesariamente una profesión». Las dos profesionales de la traducción presentes en la mesa discreparon. «No aislarse es importante, no sólo para evitar ser vulnerable», subrayó Gallego, «sino para que el juego que es la profesión se amplíe a sus colegas.» En este sentido, es preferible colaborar con otros traductores, recibir sus sugerencias, que trabajar en solitario delante del ordenador. Haddad, que ha formado parte de diversos grupos literarios, tiene una experiencia similar. El escritor trabaja a menudo en contacto con sus compañeros, de lo contrario se arriesga a quedar cada vez más aislado.

Pablo Sánchez, alumno de la FTI, tradujo las palabras de Haddad

La editora Laure Leroy cerró la mesa proponiendo un ejercicio: leer  una obra traducida, aunque no conozcamos el idioma de origen, con un prisma nuevo: estudiar los procesos mentales por los que ha pasado el traductor al realizar su trabajo. Se trata de un juego más que puede practicar el profesional de la traducción  para desarrollar el precioso talento en el que se centró la charla: la capacidad intuitiva y visceral del traductor para ponerse en la piel de otro. Traducir, en efecto, es romper fronteras: no solo lingüísticas, sino, sobre todo, personales.

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